Hoy no fui a ver nada.
Ni llaves. Ni agentes. Ni silencios educados. Solo la ciudad, Fidel, y una lista en el bolsillo que se quedó ahí.
Fuimos al parque por el camino largo sin decidirlo del todo. A las once un bar ya estaba ruidoso. Tazas. Una silla arrastrándose. Alguien riéndose como si necesitara convencerse de que el día iba bien.
Me di cuenta de que seguía escuchando. Ahora siempre lo hago. Incluso cuando me digo que no. Sobre todo entonces.
En un cruce, una furgoneta de reparto tapó la vista y llevaba la radio demasiado alta. La canción no pegaba con la calle. O la calle no pegaba con la canción. Me quedé ahí más tiempo del necesario, esperando el semáforo, no porque hiciera falta, sino porque me daba una excusa para quedarme quieto un segundo.
Últimamente, cualquier sitio por el que paso se convierte en una posible habitación.
Ese es el problema, creo.
Me pillo a mí mismo planeando espacios que no he elegido. Una mesa aquí. Una ventana allá. Dónde iría la guitarra. Dónde no la pondría por el vecino de ese lado. Lo hago sin querer, como alguien que recoloca muebles en una casa que todavía no es suya.
Fidel se paró a ocuparse de algo muy importante en un arbusto. Le llevó su tiempo.
Me senté en un murete y vi pasar a la gente. Un hombre discutiendo por teléfono. Una mujer llevando pan como si se fuera a romper. Un niño arrastrando un palo por una valla solo para oír qué hacía.
Ninguno estaba buscando casa. Solo estaban dentro de su día.
Ahí fue cuando pensé que llevo tiempo midiendo sitios en vez de elegir una dirección.
Las casas empiezan a parecer una forma de no decidir otra cosa.
No sé qué es esa otra cosa. O quizá sí, y no me gusta lo suficiente como para ponerle nombre.
De vuelta pasamos por una de las calles donde ya he visto tres pisos. No miré hacia arriba. Podía haberlo hecho. No lo hice.
En casa, moví la funda de la guitarra de una esquina a otra. Luego, al rato, la volví a dejar donde estaba. No cambió nada. La habitación seguía igual. Yo no.
Fidel se tumbó como si hubiera hecho algo útil.
Escribí dos nombres en la lista y taché uno. No recuerdo por qué, lo cual seguramente quiere decir que importaba.
Mañana probablemente iré a ver algo. Así funciona esto.
Pero hoy se sintió como otro tipo de visita.
No a una casa.
A la manera en que llevo tiempo paseándome por dentro de mis propios planes.