Volví de noche.
No entré. No tenía llaves. Aparqué enfrente, apagué el motor y me quedé allí, como quien espera a alguien que quizá no va a aparecer.
Fidel se movió en el asiento del copiloto, dio esa media vuelta absurda que dan los perros antes de decidir que en realidad no se van a tumbar. El reloj del salpicadero marcaba las 21:37. Parecía más tarde.
Por la mañana, durante la visita, la casa había sido… educada. Pájaros. Un poco de viento. Los zapatos del agente en la escalera. Ese tipo de silencio que parece que está actuando para ti. He aprendido que el silencio hace eso. Se pone una camisa limpia cuando sabe que lo están mirando.
Ya he cometido el error de creerme una habitación a mediodía.
Últimamente intento escuchar antes de imaginar. Oír la forma de un sitio antes de empezar a mover muebles dentro de la cabeza. Hay habitaciones que guardan su propio eco. Otras tienen un silencio espeso, como un aire en el que te podrías apoyar. Y otras te mienten. Empiezo a notar la diferencia, pero solo de día.
La noche es otro instrumento.
Al principio no pasó nada. Solo ese zumbido lejano que aquí hace de fondo permanente. Luego, un perro. A dos calles quizá. Un ladrido y otro más, siempre en pareja. Al cabo de un rato me di cuenta del intervalo. Unos doce segundos. No sonaba enfadado. Solo… puntual.
Pasó una moto. Demasiado ruido, demasiado rápido, y ya está. El sonido se quedó más tiempo que la moto. Siempre pasa eso.
En algún sitio alguien arrastró una silla. Ese sonido importaba más. Significaba paredes.
Una ventana se abrió y se cerró encima de mí. No de golpe. Solo cerrada. El edificio soltó el aire y volvió a sujetarse. Pensé en las habitaciones de dentro, apiladas como cajas, cada una guardando algún ruido pequeño y privado.
El viento pasó entre los árboles y encontró una persiana suelta. Golpeaba con un ritmo bajo, cansado. No era exactamente una nota, pero lo bastante cerca como para que mi cabeza intentara completarla. Ya me ha pasado antes. Oír un sonido y convertirlo en otra cosa. En algo que se pueda tocar. Es un mal vicio. O uno bueno. No lo tengo claro.
De día uno puede convencerse de que está buscando silencio. De noche te das cuenta de que no es verdad. El silencio no existe. Lo que en realidad buscas es un sitio donde los sonidos tengan sentido. Donde pertenezcan al lugar en vez de pelearse con él.
No solo escucho lo que voy a oír.
Escucho en qué me voy a convertir.
Si vivo aquí, seré el del instrumento. El de la guitarra. O el del teclado. O el que dice “solo diez minutos, lo prometo” y quiere decir veinte. Tengo que poder imaginarme llamando a la puerta de un vecino y explicándole mi vida. Si no puedo imaginar esa conversación, el sitio ya está mal.
El perro volvió a ladrar. Justo a tiempo.
Una puerta de coche en algún sitio. Risas, y luego nada. La moto dio otra vuelta.
Fidel por fin se quedó quieto, con la cabeza apoyada en la puerta, mirando a un gato que quizá estaba ahí o quizá no.
No tomé notas. No grabé nada. Solo me quedé sentado y dejé que el sitio se tocara solo.
De camino a casa, el radiador del coche hizo ese clic pequeño cuando se enfría. Un sonido preciso, casi educado. Como un recordatorio.
No estoy eligiendo una casa.
Estoy eligiendo qué tipo de silencio puedo permitirme hacer.
Y dentro de cuál estoy dispuesto a vivir.