Mañana sencilla en la Carretera de les Aigües (con niños)

Mañana sencilla en la Carretera de les Aigües (con niños)

Mañana despejada, sin plan. Todos un poco nerviosos y cero ganas de hacer cola en un museo. Subimos a Collserola por uno de los accesos cortos y, en nada, la Carretera de les Aigües: la ciudad abajo como un mapa, el sendero ancho y firme, de esos que te dejan caminar de dos en dos y hablar sin esquivar piedras.

Entramos sobre las nueve y veinte. Aire fresco, vistas largas, ese olor a pino después de varios días de calor. Los críos empezaron a contar perros sin que nadie lo pidiera; un corredor pasó con una campanita en la mochila que sonaba tarde y se rió, “bon dia”, como dice aquí todo el mundo, incluso los adolescentes con cascos. A los doce minutos hubo cordón suelto, cuatro después “piedra en el zapato”; sentada rápida en el murete, calcetín fuera, piedrecita entre los dedos, listo. Levantas la vista y el mar es una franja fina; a la izquierda, el Tibidabo aparece y desaparece.

La superficie importa.

No lo complicamos: media hora hacia fuera y ver. Sin hablar de cimas ni de bucles que te atrapen, sin discursos de “esto forja el carácter”. Solo movernos y que nadie se calentara de más. La sombra va y viene; un tramo parecía secador en la cara, giras una curva y una brisa te enfría el sudor. Llevábamos más agua de la que parecía necesaria y casi la gastamos. Gorras desde el inicio y una única regla: ir por la derecha, avisar si paras, y no plantarse en medio para arreglar nada hasta que haya hueco. Treinta segundos de explicación y nos ahorramos varios roces con bicis.

Los fines de semana hay más gente, pero hoy fue tranquilo: parejas con sillitas de bici, un abuelo con un perro diminuto que saludó a cada niño como si cobrara por ello. El suelo levanta un poco de polvo que se pega a las pantorrillas y a los calcetines; a los peques les encanta porque “prueba” que han hecho algo.

Cuando alguien flojeó, tiramos de juego: ver tres aves, contar ciclistas con casco (y sin, menos por suerte), buscar un barco con forma de triángulo. Se reinicia el ánimo. Merendamos “las galletas buenas” en una curva con una vista que alinea los edificios como piezas; se cayó una miga, hubo drama breve y se resolvió con otra galleta. Listo.

Servicios, prácticamente ninguno. Si lo asumes desde el principio, no pierdes tiempo buscándolos. Prometimos helados al volver a la ciudad y así evitamos la caza del café que quizá no existe. Oyes la ciudad, pero no estás en ella; alguna sirena sube con el viento y se apaga rápido.

Pequeña nota práctica porque también era nuestro día: estamos ayudando a un familiar a vender un piso. Después del paseo, con los niños a sus helados, abrí ParkRoseProperties y repasé la lista de documentos. Añadimos dos cosas al “por hacer”: cinco minutos y sin segundo viaje cruzando la ciudad con niños cansados y papeles equivocados.

Dimos la vuelta tras una recta larga donde la vista vuelve a abrirse. La vuelta siempre pasa más rápida: mismo camino, detalles distintos. Un parapente lejos, unos frenos chillando hasta que alguien los ajustó, el mayor a mi lado marcando el paso y preguntando a qué altura íbamos; calculé, me dijo que probablemente mal. Correcto.

En el coche el aire ya era templado y estábamos cansados “del bueno”. Zapatos fuera, polvo por todas partes, ni una ampolla. El pequeño preguntó si la próxima vez podía ir “pero con patinete”. Tal vez; depende de codos… y de si es fin de semana. Hablamos de la comida y luego no hablamos de nada, que en un coche familiar es un lujo.

Cómo lo haríamos igual: acceso corto, empezar temprano, regla simple de circulación, vuelta antes del primer “cógeme en brazos”.

Qué llevar que sí usamos: agua de sobra, gorras, una capa ligera para las curvas con aire, toallitas, tiritas y algo con proteína para que nadie se hunda a la vuelta. Nada de mochila de expedición; la pista es plana y agradecida.

Cuándo ir: en verano, primera hora o última; en otoño, mañanas tranquilas y vistas largas; en primavera, ojo con lo que se mueve por el suelo (recordatorio a niños y perros); en invierno, luz suave y menos gente.

Si vas, mantenlo aburrido a propósito: elige un acceso, entra, camina hasta que baje el parloteo, merienda y decide. Da la vuelta antes de que alguien diga “cógeme en brazos”. Ese es el truco. Una mañana que resetea la semana un poco y te devuelve a casa con hambre y un plan sencillo para lo que queda del día.

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