La masía llevaba tres semanas guardada en mis favoritos.
Piedra gruesa, tejado razonable, un cobertizo separado de la casa y ningún vecino visible en las fotografías. Estaba algo más lejos de Barcelona de lo que quería, pero no tanto como para descartarla sin verla.
En el anuncio aparecía una frase que me gustó: “entorno de absoluta tranquilidad”.
He aprendido a desconfiar de algunas palabras de los anuncios. “Acogedor” suele significar pequeño. “Con posibilidades” quiere decir que vas a gastar más de lo que cuesta la casa. “Tranquilo” puede significar muchas cosas.
Esta vez parecía verdad.
La carretera terminaba junto a una verja oxidada. Después había un camino de tierra, dos curvas entre pinos y la casa. Al bajar de la furgoneta no escuché coches ni obras. Tampoco perros ladrando detrás de una valla, algo bastante raro cuando visitas una propiedad en el campo.
Fidel hizo una vuelta rápida alrededor del coche y desapareció detrás de unas hierbas.
La casa era mejor que en las fotos. No más bonita, pero sí más sólida. Había manchas de humedad en la pared norte y varias tejas se habían movido. Nada parecía irreversible.
El cobertizo estaba a unos treinta metros. Tenía una puerta ancha de madera, techo alto y una pequeña ventana orientada hacia el valle. Entré y di una palmada.
El sonido volvió con un eco corto y bastante limpio.
Volví a hacerlo.
Ya estaba colocando cosas en mi cabeza. La batería al fondo, algunos paneles en las paredes, una alfombra grande bajo los amplificadores. La mesa de grabación podía ir cerca de la ventana. Incluso quedaba sitio para un sofá que nadie usaría bien.
El propietario me observaba desde la puerta.
“¿Músico?”, preguntó.
Le dije que sí.
Asintió como si eso explicara las palmadas.
La casa no estaba conectada a la red eléctrica. El anuncio hablaba de placas solares, pero eran antiguas y solo alimentaban algunas luces, una nevera pequeña y la bomba del pozo. Para vivir allí hacía falta algo más.
“No hay problema”, dijo el propietario. “Tenemos esto.”
Caminó hasta una caseta de bloques situada detrás de la casa y levantó una tapa metálica. Dentro había un generador grande, rojo y cubierto de polvo.
Lo encendió.
Primero llegó el golpe del motor. Después una vibración grave que atravesó el suelo y se quedó flotando alrededor de la casa. No era especialmente fuerte. Cualquier persona normal habría pensado que se podía soportar.
Volví al cobertizo.
El zumbido seguía allí.
Cerré la puerta y era peor. Las paredes reducían el ruido más agudo, pero dejaban pasar la parte grave. Una nota continua, baja y torpe. Probablemente se podía limpiar durante una grabación. Probablemente se podía aislar la caseta o alejar el generador.
Empecé a hacer esas cuentas rápidas que siempre aparecen cuando uno quiere que una casa funcione.
Más baterías. Placas nuevas. Cableado. Un inversor decente. Insonorización para el cobertizo. Reparar el tejado. Revisar el pozo. Arreglar el camino antes de que llegaran las lluvias.
El propietario seguía hablando. Me explicaba cuánto consumía el generador y cuántas horas podía funcionar con un depósito. Yo solo escuchaba aquel sonido metido entre sus palabras.
Le pedí que lo apagara.
El silencio regresó poco a poco. Primero desapareció el motor. Después quedaron algunos pájaros y el ruido de Fidel moviéndose entre las hojas secas.
Entré de nuevo en el cobertizo.
Di otra palmada.
El espacio seguía sonando bien, pero algo había cambiado. Ya no podía imaginar solo la música. También veía los cables, las baterías y cada gasto que había intentado apartar durante la visita.
Durante meses he buscado una casa por cómo se siente al entrar. La luz, el aire, la distancia hasta el vecino más cercano. Para un estudio necesito hacer preguntas menos románticas.
¿Cuánta electricidad hay realmente?
¿Qué ocurre cuando conectas varios amplificadores, los monitores, el ordenador y el aire acondicionado al mismo tiempo?
¿Quién arregla todo eso cuando falla un domingo por la noche?
Nos sentamos un rato delante de la casa. El propietario encendió un cigarrillo. Fidel volvió con algo pegado al lomo y se tumbó bajo la furgoneta.
No hice una segunda visita al interior.
Antes de marcharme miré una vez más el cobertizo. Seguía siendo una buena habitación. Con dinero suficiente podría haber sido un estudio estupendo.
En el camino de vuelta conduje sin música. Al parar para tomar café abrí el anuncio en el móvil y lo eliminé de mis favoritos.